Esos sueños guajiros

A veces no entiendo a la gente. Déjenme decirles que cuando era yo guapo, bello, y trabajador —bueno, empleado y asalariado— tenía mi pegue con la chavas. Sí me casé muy joven. Quizá habré tenido 24 años cuando lo hice. Dentro de mi matrimonio tuve, bueno, mi esposa, tres hijos, un aborto más y después, como todos los imberbes celiacos de este mundo, nos separamos.

12 años, decía yo anteriormente, duro mi matrimonio. De ahí las cosas fueron de un lado a otro. Me arrejunté —como dijeran en mi pueblo— con varias chavas temporalmente; me casé dos veces más y finalmente culminé en una asociación de pareja que nunca fructificó, por un lado ni por el otro y de ahí  a la fecha, me mantengo libre, solitario y sin un perro que me ladre —sobre todo porque no me gustan los animales—, en espera de que algún día —como dice mi hermana la cursi— llegue mi principa —bueno las mujeres dicen su príncipe— azul y me rescate de este ostracismo en el que me encuentro.

Vivo aislado del mundo y ya lo he dicho hasta el cansancio, porque cada vez veo menos y menos me puedo mover si no es con ayuda de alguien. Sólo puedo andar caminando y eso por rumbos conocidos, porque ya me pasó el otro día que tuve que dar tremendo salto, porque resulta que había escalones por donde iba y no los vi; cuando el piso se me despareció de los pies, sólo, por instinto salté y evite la caída.

Salgo lo menos que puedo, como ahora que sólo lo hice para ir a ver la doctora Erika, del Centro de Salud de los Tulipanes, en Tlajomulco, para saludarla, pesarme, que por cierto ya superé los 68 kilos, es decir subí más de 10 kilos en dos semanas, después de un intento de recaída en la Ciudad de México, que casi me manda al hospital y no me quedé sólo porque ese día la doctorcita que me atendió en Nutrición me mandaba a otro hospital a hidratarme; mejor me regresé a mi casa, adopté medidas de urgencia que ya me ha indicado mi médico en México y los resultados han sido sorprendentes. Once kilos en dos semanas.

Claro quién lo reciente es mi madre, porque ella tiene que comprar más comida y vaya que es necesario, porque con cuatro comidas y una colación al día, y con ningún signo de diarrea presente, pues por supuesto que subo, porque subo. Además de que le meto un complemento alimenticio por la tarde-noche, que hace las veces de engordador. Así es que de que podemos recuperar peso con una alimentación balanceada, controlada al 100%, libre de gluten y con buen ánimo, pues claro que podemos.

Pero les platicaba yo de mis historias. Y es que de repente aparece en mi vida —bueno en mi mail, que es parte fundamental de mi vida, al igual que el Twitter y el Facebook— una mujer que fue, como digo mi última asociación amorosa. Debo decirles que hasta anillo de compromiso le compré —que por cierto nunca me regresó— y se fue y se casó con otro, pero que de nueva cuenta me dice que me quiere, como si de verdad me hubiera querido. Tanto así que prefirió matrimoniarse con otro —como dijera la indita de La Familia de  10, televisiva—, pero que ahora recuerda los bellos momentos que vivimos y me dice que cuando era yo joven era muy guapo, y le hubiera gustado conocerme, como si eso fuera el marco de referencia cuando está casada con un hombre que debe superar los 100 kilos de peso. Cosas del destino que nunca entiendo.

La madre de mis hijos, pues la única coherente, hace su vida a gusto, con su pareja al lado y sus familia en pleno. La otra matrimoniada se volvió a casar y supongo que es feliz con sus dos nuevos hijos que, sé, tiene y la última, pues traumada, porque pensó que sería para toda la vida y se vino abajo, pero de repente me contesta uno que otro correo, pero se niega a verme, por supuesto.

Sólo esta mujer que a punto de su divorcio me manda decir que “sabes que aunque estemos distanciados yo te quiero mucho, siempre estás presente, formaste algo muy importante en mi vida y los cuatro años que duró la relación te amé como loquita…”. Esas son las cosas que digo no entiendo de la vida. Feliz sería yo, que en estos momentos de crisis, ella estuviera a mi lado, me apapachara y me asistiera, porque mi vida sería más libre, pero eso, esos son sueños guajiros.

Mientras yo escribo y escribo Mi Diario, redacto mi libro, que ya llevo bastante avanzado; ella estudia para poder titularse, algo que tano ella como yo dejamos pendientes en nuestras carreras periodísticas, pero que bien, lo hace ahora. Recuerdos hay muchos, pero de recuerdo no vive el hombre y menos en estas circunstancias. Quizá algún día.

Les decís yo que este día fue de buenas noticias, porque además de ver  a la doctora Erika, pude constatar que mi evolución es buena. 68 kilos, ya los hubiera querido hace muchos años. Sin llantas en mi cuerpo; un poco de bici todos los días, un poco de pesas para no colgar pellejo y un poco de seso para que no se sequen las neuronas, las pocas que pudieran quedar.

Mi  celiaca, en progreso, pero contenida con una serie de medicamentos, sí, recuerden que lo mío es refractario y los necesita. Prednisona a 35 mgs; alopurinol 300 mgs, bedoyecta, ácido fólico por aquello de la anemia que está instalada en 11.6 de hemoglobina y corpotasin para que el potasio no baje más. Dice el doctor en ocasiones que no se explica como camino y sin calambres, cuando el potasio me baja y de verdad. Mi cuerpo hasta a eso se ha acostumbrado a la mala vida. En fin, Una historia más que no es para contarse, sino para leerse, guardárselo, la cual espero que ahora no moleste a mi hermana, que poco sabe de la historia de mi vida, pero ah, cómo reclama.

Anuncios

2 comentarios en “Esos sueños guajiros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s