Cuando el “trago” cambió por café

Las “cantinas” de hoy

Yo recuerdo que por ahí de los años 80, 90, se decía que los grandes negocios, los grandes acuerdos, se lograban o se cerraban en una cantina. Sí, las cantinas eran el punto de reunión para echarse unos tragos, tener una buena plática, acompañados de una buena botana o una buena torta; aunque también creo eran los lugares para las grandes personalidades de antaño y sino baste con preguntar a los dueños de “La Opera” en México, que nos expliquen como es que Pancho Villa lanzó ese “plomazo” que a la fecha se mantiene en la parte superior de unas de sus paredes.

La cantinas tienen su historia, tienen su tradición y tienen un nombre que muchos debemos recordar para toda la vida, porque por lo menos alguna época de nuestras vidas habremos estado sentados en una de esas mesas de madera, cuadradas, para cuatro comensales, con las repisitas en cada esquina para depositar el vaso de la cuba, del tequila, del cognac o del agua mineral o quina, según fuera la bebida de predilección, mientras se jugaba al dominó o al cubilete.

Esas cantinas que ahora sólo viven en el recuerdo de los grandes bohemios, porque, la verdad, la modernidad ha llegado a la mayoría de ellas. Se perdió ese encanto, se difuminó esa privacidad que daba el prohibir la entrada a mujeres o menores de edad o jóvenes sin oficio ni beneficio.

Esas cantinas, con sus excepciones, claro, como marca la regla, han pasado a formar parte de los centros de entretenimiento con ruidosas  músicas. Las rocolas dejaron de tocar las canciones de José Alfredo Jiménez, Pedro Infante, Jorge Negrete, Lucha Villa, Lola Beltrán, para dar paso a las insorportables rolas de no sé que tanto grupo juvenil que quita el calor de la bohemia.

Los acuerdos, los negocios, la inversiones y hasta los “cochupos” se hacen ahora en los cafés, en esos que nos tienen inundadas las ciudades de la República Mexicana; en esas cadenas de la carita rodeada de letras verdes que marcan toda una moda y lucen grandes establecimientos  en los que por las tardes llegan grupos de chamacos que irrumpen la tranquilidad de todos y que además envilecen con sus espantosas bebidas que disfrazan de café.

Ya ni el tradicional café “negro” o el lechero se puede ingerir adecuadamente en estos lugares. Ahora se escuchar nombres como “americano” expresso”, “late”, con chispas, con… quien sabe qué tantas porquerías. Con lo rico que es llegar a un café tradicional y pedir su café “quemado”, al que sólo se deja escurrir de la máquina sin agregarle agua caliente, que le quita todo el sabor.

Son estas cafeterías gringas, las que han permiado en la cultura occidental y donde ahora puede uno ver y escuchar como se cierran o se emprenden negocios. Bueno, hasta planos de extienden sobre sus mesas y se habla de millones de pesos de inversión. No faltan aquellos que hacen de un sillón con una mesa enfrente, su oficina de trabajo.

Se cambiaron aquellas mesas de madera de caoba, por los sillones o las sillas de trazo modernista y mesitas de centro o buroes. Se cambiaron los dominós y los cubiletes sobre la mesa, por las computadoras, las laptops, los teléfonos inteligentes y el cablerío para sus conexiones.

Ese es el cambio que la modernidad infiere a la sociedad.

Quien no recuerda aquellos nombres de cantinas, sus grandes personajes y las aventuras vividas, como las que describe León Roberto García en uno de sus textos publicados antes de su muerte en un diario de circulación nacional que también pasó a “mejor vida”, allá por enero de 1980.

Las cantinas -donde tantas componendas polí­ticas se fraguaron en este país antes de que el general Rodolfo Sánchez Taboada inventara los “desayunos polí­ticos”- están allá, en el viejo centro de la ciudad de México, cerca de La Luz y sus panecillos negros con carne cruda, rodeando al Bar Alfonso y sus caldos “levanta muertos”; a La Opera donde se extraña la figura de Bernabé Jurado y al Submarino, justo contra esquina de la vieja Cámara de Diputados (hoy Cámara de Diputados del DF), donde en la época brava tantas y tantas pistolas fueron desenfundadas.

Eso fue en el Submarino. Eso fue en los tiempos de Gonzalo N. Santos y, en mucho, de Renato Leduc. Lo fue, como también habría de serlo -a espaldas del Regis (aquel que sucumbió ante los movimientos telúricos de 1985) y la obligada polla en el turco- el Cine Club, donde desde Jorge Negrete, hasta su tocayo Jorge Rachini -sin olvidar a los legendarios Remington y el Guero Bastillas-, hicieron época junto con los políticos y las figuras -cuando de verdad existían-, de la torterí­a.

Los tiempos han cambiado. Hoy la gente de troní­o (N. del R. gente de clase) viste de alpaca y se ha convertido en zoneíta (N. del R. El zoneí­ta era una persona racista, conformista, xenofóbica, y de mentalidad cerrada). Permanece -último de los bastiones-, La Mundial. Ahí  donde desde las primeras horas de la mañana, es posible encontrar a los diaristas que, tal vez, por la noche, dejarían la Bella Mundis, como le llaman cariñosamente, para reunirse en el Amba y recordar pasados tiempos: los de Carlos Denegri, los de Rodrigo de Llano.

Esas son las cantinas. Las que, a diferencia de los bares de la Zona Rosa, prohibían, como en La Providencia por el rumbo de San Á Ángel, el ingreso al local de ‘mujeres, militares uniformados y vendedores ambulantes’; aunque, la parte del folclore, estos últimos sean parte de la decoración misma.

También se contaban -pese a los estragos que el llamado progreso de la ciudad hace al carácter de la misma-, por el rumbo de San Cosme. Y ahí  como en la vieja San Juan de Letrán (hoy Eje Central), es olvidada al filo de las tres de la tarde, como en la llamada La Siniestra(La Castellana) cerca del edificio que albergaba al periódico El Dí­a y territorio de Luís Sánchez Arreola, la rifa del pollo a la cual era asiduo apostador el desaparecido Víctor Rico Galán en compañía del doctor Jorge Carrión y de Vicente Ortega Colunga.

Cada bar, cada cantina, tiene sus habituales. Desde los supuestamente elegantes zoneí­tas, hasta los burócratas y viejos litigantes que frecuentan -añorando las botanas de ataño-, las del centro. Desde los llamados “junior ejecutivos” de los Denny’s (ya desaparecidos) y los Sanborn’s, hasta los albañiles coyoaquenses que frecuentan, a escasas cuadras de distancia, de Las Lupitas, una pulquerí­a, Las Buenas Amistades, casi tan famosa como la Hija de los Apaches o La Estocada de la tarde.

Hay quien aún recuerdan el Colegio Club. Hay quien recuerdan ahí los tiempos del general Arturo Durazo; los de la vieja colonia Condesa; sí, tiempos de futbol americano, del padre Lambert, tiempos de gente que hizo época: Manuel Prieto Crespo. Tiempos de rejoneo: Juan Cañedo. Tiempos de estudiante: salchichas en el Ku-Ká. Tiempos de Bucareli: una cerveza en el Popito.

Recorar -viejo mentidero de polí­ticos- La Cucaracha. Y, desde luego, en pleno Madero, el bar del Ritz, donde los comensales, entre otras cosas, se diviertían observando las gesticulaciones de quienes, ignorantes de ello, admiraban su propia efigie de un espejo falso colocado en un muro que daba a la legendaria calle.

Los hoteles, como es lógico, con sus propios bares. De pocos se podría decir que tienen verdadero carácter. Calcados del modelo tejano, su clientela está formada por los huéspedes, turistas y personas que se reúnen para tratar negocios, sin contar aquellos que, en el María Isabel, aún no se hartaban de escuchar al Trí­o Los Calaveras o quienes añoran las épocas doradas del Chip’s, donde la copa vespertina era obligada, como lo es ahora, también al filo de la tarde, en el Monte Casino.

Poco a poco -y desde que Balsa inventó la Zona Rosa-, las típicas cantinas han tendido a desaparecer. Casi no existe la clásica botana y el plástico ha ganado batalla a las pesadas sillas de madera y a la obligada contrabarra donde, como Hemingway en el 21, los bebedores gustaban de apoyar el pie.

El aserrí­n ya no se encuentra en los bares. Y en ellos, tan ascépticos, es imposible encontrar en los sanitarios el clásico anuncio de los médicos especializados en curar las prácticamente desaparecidas enfermedades venéreas. Las rifas de los pollos han pasado a formar parte de la historia y jamás fueron realizadas en los ladies bar, como tampoco ahí se vio entrar a los vendedores de juguetes y ropa para niño que explotan -psicólogos tan experimentados como los propios cantineros- el complejo de culpa de los asistentes a los salones de Bucareli o de San Cosme.

Pronto las cantinas que aún existen pasarán a mejor vida. Pronto sus habituales serán especímenes tan extraños como un dinosaurio. Pero, en el inter, en tanto que el plástico se apodera por entero de la ciudad, en tanto que Los Pinos y Mi Oficina, desaparecen, bien podemos echarnos la caminera.

Eso era la época de la bohemia; ahora simplemente tenemos lugares modernos, con compañía de todo tipo, clase e idiosincrasia, que cambiaron el trago, el alipus, el chupe, por una bebida caliente, aunque a ésta misma se le haya perdido el respeto, pero de eso hablaremos después.

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