Los recuerdos, son eso, recuerdos


Eran los desayunos en los tacos de “El Chino”, los de cabeza, de cachete, de lengua, o con “El Beny”, de carne asada y si eran sobre tortillas de maíz, mejor, porque allá las clásicas son de trigo; claro, es la zona donde mayor producción de este cereal se tiene. O qué tal la comidas en “El Xochimilco” o en “El Campestre” o en “Los Pinos”; cómo olvidar la carne asada, la tripa de leche bien frita, los frijoles meneados o las costillitas, sí, por supuesto siempre acompañado de una “bien fría”, Tecate tenía que ser, porque no hay otra marca que abunde más de cervezas en esta tierra, que muchos llaman del venado.

Eran tiempos en que las preocupaciones sobre lo que comía, no estaban presentes. Lo mismo comía en un puesto callejero que en un buen restaurante, como los enunciados, los clásicos, sin faltar “el Palominos” o las cortes en el hotel “La Estancia” o, ya tiempo después, en el “Steak House” donde comerse un Ribe Prime no tiene comparación, “la pieza completa se corta, se envuelve en papel transparente e inmediatamente se mete a refrigerar al alto vació, lo que permite conservar la jugosidad y las cualidades un buen corte de engorda”, nos decía el dueño del lugar, en la zona de hoteles de lujo.

Claro está, esto viene al recuerdo después de varios años, muchos, dirán unos; 29, para ser más exactos. Eran años en que la enfermedad celiaca no estaba a flor de piel o simplemente no presentaba alteraciones significativas. Fueron dos años sin sufrir una sola caída. Por eso siempre he dicho que la cerveza no hace daño a los celiacos, aunque ahora tomamos nuestras reservas y sólo apuntamos a las de la marca Modelo, porque son las analizadas y las que la empresa dice “están por debajo de la norma internacional, que son 20 ppm”.

Fueron tiempos en que vivir en Hermosillo para mi representaba toda una aventura; tiempos en que desempeñaba mi actividad periodística en su máxima expresión. Yo corresponsal para Unomásuno, cuando éste diario significaba en la historia periodística de este país. Trabajaba para la televisora estatal; innovábamos formas de hacer televisión. Enfrentaba al gobierno estatal y respondía con estupendos reportajes. Claro tenía que llegar un viejo al gobierno, cerrado, conservador, para que mis días en tierras sonorenses terminaran. Eran tiempos en que el control de los medios era absoluto y no se aceptaban rebeldías por parte de un reportero. Eso me costó salir de esa entidad.

Gratos los recuerdos cuando en campaña recorrímos toda la sierra sonorense, con temperaturas por debajo de los 5 grados centígrados, cuando sacamos a un camarógrafo dormido, con todo y cama a la intemperie; verlo despertar a los pocos minutos fue toda una diversión, más cuando entró fúrico al salón de clases donde se nos había habilitado nuestro lugar de descanso mentando madres; pero también aquellos veranos en que había que soportar temperaturas hasta de 50 grados centígrados. Caminar, como lo hacía, bajo los rayos solares hacia casa, significaba toda una travesía, pero ingresar al pequeño hogar, meterse bajo el chorro del agua helada y poner el aire acondicionado, amainaban los efectos de esos calentamientos diarios.

Inimaginables las aventuras que significaban encontrarse en terrenos del trigo y andar en busca de una tienda o un súper o un changarro donde pudiera comprar unas tortillas de maíz, porque sí tenía muy presente que el trigo para nada era aceptado en mi dieta. “Hijo del maíz” fue mi apodo durante esos dos años de estancia en terrenos sonorenses, pero eso sí no podían negar que una vez las tortillas sobre la mesa, preferían comerse una de maíz que una de trigo. Un kilo de mis tortillas se acababan en una sentada. Así es que eramos todos “unos hijos del maíz” aunque mis “paisanos” lo nieguen.

Son anécdotas que ahora vienen a mi memoria porque tenemos de visita en Guadalajara a los padres de uno de nuestros compañeros celiacos, padres que son oriundos de aquellas tierras del Noroeste del país y que vienen a acompañar a Raúl que radica en esta capital “jalisquilla” como resultado de sus estudios musicales.

Es rememorar juntos esos sitios tradicionales que en la modernización de la capital sonorense han desaparecido, o se han adecuado. El Xochimilco es el Xochimilco, a un lado de Villa de Seris, un poblado donde hacen las “coyotas” ese postre clásico de aquellas tierras, que en son de broma dicen haber adoptado ese nombre porque como relleno llevan “panocha”, una especie de jalea; si fueran de chile, quizá les hubieran llamado “coyotes”, pero no.

“Los Pinos” ya sólo en la memoria de quienes nos encerramos en algunas –o muchas– ocasiones está, porque su dueño lo cerró, una vez que el conservador de Féliz Valdés dejó de apoyarlo. Era el comedero de políticos, de periodistas, de funcionarios de gobierno,o de diputados locales y federales. Ahí basta la firma para saldar la cuenta, misma que era cubierta en las oficinas de la Tesorería estatal. Los impuestos trabajaban.

“El Campestre” se volvió el lugar de la “High Society” hermosillense; su dueño había sido agraciado por gobiernos anteriores y gozaba de un buen prestigio, tanto que hasta negocios de carne tenía en la ciudad de México y que no dudo ni tantito sean las cadenas que, por lo menos en Guadalajara, comienzan a inundar la ciudad, con cortes de buena calidad, provenientes, precisamente de allá, del noroeste del país.

“El Palominos” un sitio más conservador, pero con la misma línea de comida que el “Xochimilco”, la carne de cabrería, la tripa frita, la maciza y los infaltables frijoles meneados, que sólo allá se pueden disfrutar y saborear. En ningún otro lado saben igual. Menos visitado que el segundo, tal vez porque no corría tanta “Tecate” y porque no era tan necesaria la presencia del mariachi, del trío, que amenizaba mesa por mesa, más cuando pasadas las 18.00 horas se permanecía en el lugar y ya las “Tecates” había sido sustituidas por la botella de “Don Pedro” o de “Bacardí”. El ambiente era incomparable.

Eras otros tiempos. Ahora, según leo, se ha apagado ese ambiente, porque los gobiernos actuales, surgidos de la derecha recalcitrante no deja ser.

Fueron tiempos de bonanza, pero que acabaron. Los amigos fueron; ahora muchos ni te reconocen. No se diga el viejito “sonoguacho” que gobernaba, que tenía por guardaespaldas a un Mayor del Ejército que cuando me lo volví a encontrar  en pasillos de la Secretaría de Gobernación en el Distrito Federal me dijo “y cuando va para allá” “No me quiere su jefe”, le dije “para qué se pelea con él”, ambos reímos. Sé que vive cerca de donde yo, por acá por la ZMG, pero nunca más nos hemos vuelto a ver.

Eso tacos de cabeza de El Chino o los del Beny, vieran como los extraño. No se diga las comidas de “El Xochimilco” o de “Los Pinos”, los años pasan y los recuerdos, son eso, recuerdos.

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